martes, abril 10, 2007

LA MUERTE, POR DETRÁS



a Carlos Fuentealba, docente, asesinado por la policía.
La murga de tu muerte talonea el borde
de las constelaciones,
danza, impúdica y brutal, en los acantilados
descubiertos de tu nuca,
en ese cuadrante del cráneo
donde habita la espera, la esperanza.

Chirle, como ceniza por dentro descifrada,
estalla jadeante, sin amparos, cerril, tu muerte.

Chorrea cápsulas, confisca sueños,
cortesana voraz, buscona, comadreja ciega
que acecha desde zanjones encubiertos.
Vigilante soez, se arrastra bajo lápidas de miedo
y vitrales percutidos; mofa, guasa, absurda, miserable.

Toscamente bordada de hollín y mugre, tu muerte.
Crecida de metal y farsa, azufre y rabia, tu muerte.

En los frenillos de uniforme renquea tu muerte
embozada en océanos de memorándums, órdenes,
crucifijos, declaraciones, seccionales, ministerios.

Muerte tuya que restalla invocaciones de apuro,
muerte a relámpagos, inabarcable.
Muerte sin pancarta ni asamblea,
sin balance de actividades ni circular interna,
sin reunión, sin propuesta, sin partido ni sindicato
Muerte solidaria, la tuya, despojada muerte.

Muerte de tiempo en rodillas.
Saldo bastardo del terror, desbocado
retazo de las horas marchitas.
Piel yacente,
atravesada por la penumbra del dolor,
piel grávida de ausencias.

Muerte invicta:
abruma hasta el hartazgo de las glándulas,
segrega sudarios torvos
donde se coagulan las convulsiones de la tiza,
donde la verdad nunca se borronea en apuntes,
donde el silencio dicta y toma examen,
donde labios nacidos para el grito (para el beso)
acaban sellados con tigres de cal y espanto.

Anda sin compasión el carnaval de tu muerte,
sin tímpanos; se arrastra desde atrás,
porque la cobardía sólo conserva el lado de atrás.

Decir NO es una maravilla que puede costar la vida.

Sinuosa muerte que agujerea la vida,
agujerea con vértigo, volutas de humo feroz
brotan debajo de un pizarrón olvidado
y coágulos de sangre y agua y sangre
ocultan el cuadriculado de los cuadernos.

Antes, no fue posible tu nombre.
Par de palabras que la muerte hurgaba.

Aunque garabateabas en los andamios
valencias de improbables óxidos y alquimias,
el balanceo ácido de las revoluciones,
los arcoiris de la memoria transeúnte,
no supimos, antes, de esa muerte, tuya.

¿Cómo descifrar pizarrones de cemento
y águila, medusas en tiza colorada,
tablados para las piruetas y las confesiones rebeldes?
¿Con qué zapatos escabullirse al lacrimal porfiado,
al reloj que arroja desafíos de campanas
sobre todo el señorío enmohecido?

No supimos hasta ahora de esta muerte tuya.
Hasta ahora, cuando es la muerte quien te nombra.

Cuando es tu nombre gritando a la muerte
que asoma, por detrás;
Pica de alpinista, cuña lacerando
tu carne, por detrás;
granada de mansalva, escopetazo
a desgarrón, por detrás
;empellón al tiempo, hendidura
a garrotazos, por detrás.

Por detrás avanza tu muerte como un bulto travestido.
Amaga, por detrás, el manotazo hipócrita y feroz, untuoso.
Por detrás apunta su lacerado gorgoteo sin capilla.
Por detrás te invade, por detrás penetra, perfora, por detrás.
El aire huele cárdeno: una hendidura inescrutable,
hueco sin fondo para la ternura, noria de sangre,
fatiga lágrimas y esgrimas en la palabra ausente.

Nuestros ojos encerrados con pólvora y humo
arañan vergüenzas de lógicas y placentas.
Emboscada en prisiones de amianto va tu muerte.
Otra muerte, tuya, nuestra.

Nunca sabremos qué hacer con cada muerte nuestra.

Alguna lluvia, entumecida, clausurará órbitas
y celebraciones con una cruz de acero.
Pero la calavera sulfúrica de tu muerte
jamás habrá de exhibir crespones negros
ni fístulas de indulgencia en las solapas.

Luis Menéndez, Avellaneda, 07/04/2007 mujaimovich@yahoo.com.ar

1 comentario:

Celeste dijo...

No sé qué duele más, tener noticias tristes o la impotencia que producen.

Conmovedor...

Un docente que se roba el cielo, como si no nos hicieran falta en la tierra.